sábado, 25 de octubre de 2014

2-6 a tu lado


Los forofos futboleros acostumbramos a recordar fechas, lugares y personas asociándolos a eventos deportivos concretos. O tal vez sea lo contrario. Lo ignoro. El hecho es que en mi caso es así. No en vano recuerdo como si fuera ahora el desastre de Sevilla contra el Steaua pegado a mi transistor conteniendo el llanto, la pizza en casa de mis padres el día del zapatazo de Koeman en Wembley, los goles de Rossi en Sarrià con mi bicicleta "panther roja" en la puerta o el sospechoso doce a uno de España a Malta en casa de los vecinos con una mirinda en mis manos.
Precisamente hoy he recordado un día concreto de gloria blaugrana. Todos los futboleros catalanes vamos a recordar la goleada de 2009 en el Bernabéu. Cada uno sabrá dónde vio el partido, con qué personas compartió esa alegría y cómo lo celebró después. Normal.
Lo curioso de estos recuerdos es que se envuelven en una suerte de magia que consigue trasladarnos a un lugar concreto de nuestro tiempo en que el contexto en que vivíamos se nos aparece de nuevo con todo su esplendor o crudeza. Se antoja como una marca especial similar a los puntos de restauración de los ordenadores modernos en los que con sólo apretar una tecla todo el sistema se restaura exactamente como estaba en aquél momento. A menudo desearíamos que esos viajes y arreglos en el tiempo formaran parte de la vida real y no sólo de la electrónica. En mi caso nunca lo había deseado hasta estos últimos meses. Algún día tenía que llegar.
Todo el mundo sabe que la memoria tiene grandes fallos y la neurociencia nos demuestra a diario que seleccionamos los recuerdos y les damos nuevos sentidos y matices con el pasar del tiempo y las experiencias, sumando y restando emociones, agregando y obviando detalles, permitiéndonos adornos a menudo necesarios para poder seguir viviendo tranquilos. Ignoro si mi percepción de ese nueve de mayo de hace cinco años se ha desvirtuado en exceso o permanece límpida y fiel a la realidad, al menos a la mía. Lo entrañable del caso es que un partido de futbol concreto, en un momento especial consigue trasladarme mágicamente a una vida anterior, en un contexto distinto y con unas vivencias, temores, alegrías y esperanzas muy diferentes a las de hoy. Y eso me hace feliz. Y eso me hace desdichado. Porque es grande recordar lo que ya te ilusionó a la vez que triste saber que fue un momento del pasado.


Precisamente hoy jugaba el Barça en el Bernabéu y deseé con todas mis fuerzas una nueva goleada; exactamente la misma, un 2-6. Anhelé tanto ese resultado por un motivo fuera de mi pasión barcelonista. Y es que necesitaba que se repitiera ese marcador para que mi mente no acudiera en el futuro tan rápidamente como lo hace ahora a aquella noche de hace un lustro; para que de ahora en adelante tuviera dudas, mezclara fechas y resultados para así librarme de ese recuerdo tan vívido en el Bar Continental de Gràcia. Reminiscencia de mis reniegos soportados por ti durante un rato al no encontrar un lugar digno dónde poder ver el encuentro, de la chaqueta negra -tu favorita- que tan bien te sentaba, de estar de pie en aquél bar tomando unas cervezas abrazándote a cada gol, de tus ojos chispeantes compartiendo conmigo la emoción del último tanto cuando tu afición futbolera era y es más bien discreta, de tu alegría por verme feliz y estremecido, de tus besos y vítores celebrando el pitido final, de darme la mano feliz al volver paseando a casa, de regalarme pasión y amor en un día tan fútil para la historia de la humanidad pero ahora tan trascendental para la mía. Gracias por compartir con todo tu ser ese momento. 

sábado, 18 de octubre de 2014

Adidas Chile Durlast 74


El jefe de mi padre, el sr Vallés era miembro de la directiva del Barça. Fue por esta vía que obtuve mi primera experiencia en un campo de fútbol, gracias a unas invitaciones que el Sr Vallés nos regaló en tribuna. Fue en un Barça - Sporting de Gijón y creo recordar que el resultado final fue de empate a dos. 
Por aquél entonces yo no había mostrado aún interés alguno por el fútbol por lo que mi padre tampoco mostró excesivo entusiasmo en llevarme. De todos modos los dos nos dirigimos al Camp Nou aquél día. 

Mi padre tampoco era gran aficionado al fútbol. Solía decir que era "perico" pero todos sabíamos que se trataba más de un acto de rebeldía que de una verdadera pasión. 

Tras sortear el tráfico de General Mitre con la flamante vespa azul de mi padre, logramos acomodarnos en la tribuna del estadio y una vez allí, cómodamente sentado instantes antes del comienzo del partido me percaté de un par de cosas que me llamaron poderosísimamente la atención: por un lado esa hierba verde, tan verde como un prado espectacular, luminosa y hermosa y por otro, la falta de comentarista! 

Yo no debía tener más de ocho años y mi experiencia futbolística se basaba en los eternos partidos en blanco y negro de la televisión. No había caído en la cuenta de que en un estadio los colores de todo eran tan vivos y que el comentarista de la tele no estaba presente para detallar y explicar las jugadas. A menudo los niños disponen de una experiencia concreta de la realidad marcada por los medios o por experiencias que luego generalizan y que más adelante descubren con algarabía y riéndose de sí mismos. 
Cuando mi padre se encontró con mi pregunta de por qué no radiaban el partido creo que rio un poco aunque no recuerdo bien su respuesta. Lo que sí recuerdo eran sus comentarios sobre mi actitud en el estadio. "Pareces un lord inglés! Ni gritas, ni muestras emociones... Vaya tío más soso!" Y es que con ocho años a mí el tema futbolístico me dejaba bastante indiferente. Era del Barça, claro; pero por inercia, porque todo el mundo conocido era del Barça. Cómo no iba a serlo? 

Unos días más tarde, en un Barça- Zaragoza en que los azulgrana ganaron por dos a cero, el Sr Vallés bajó al vestuario y se hizo con el balón del partido, un flamante Adidas Chile Durlast (official world cup 1974). Resuelto, se dirigió a los jugadores y les pidió que lo firmaran ya que lo quería regalar al hijo del sr Llorenç, mi padre. 
Hoy aún tengo en casa de mis padres el viejo balón, ya deteriorado, pero en el que aún pueden leerse vagamente las firmas de los Simonssen, Ramos, Olmo, Artola ….

Muchas noches después acariciaría el cuero maltrecho de ese tesoro fantaseando con que un día fue pateado por esos jugadores, viejas glorias del Barça. Con el tiempo se convirtió, claro, en icono museístico para mostrar con orgullo a los amigos que venían de visita a mi casa. Algún día ese balón pasará a manos de mi hijo. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Matinal de sábado

Un sábado por la mañana con poco más que hacer que pasear con el perro y perderme poco a poco por las empinadas calles del barrio. Un día agradable, aunque fresco; de aquellos días radiantes en que la ciudad se muestra en su máximo esplendor. 
Paseando sin rumbo y con ánimo de descubrir nuevos espacios urbanos me adentro por calles desconocidas, por parques que me sorprenden, por descampados que me acongojan. Llego hasta la puerta de un campo de fútbol de un club desconocido y me decido a entrar. 
Se trata de una instalación antigua reconvertida y muy digna. El verde exagerado del césped artificial contrasta fuertemente con los muros de hormigón que rodean el campo. El bar y las instalaciones están repletos de niños equipados de futbolistas y de sus familiares y amigos. Observo como algunos de ellos desayunan animosamente mientras comentan con alegría y exageración las incidencias del partido pasado.
En el campo se está disputando un encuentro entre chavales de unos doce años. Pienso en mi época de futbolista infantil y recuerdo con cansancio las grandes dimensiones del campo. Compruebo aliviado que actualmente los chicos juegan en un campo transversal, más a su medida. Menos mal.
Observo embelesado el ímpetu de los niños. Una de las equipaciones me recuerda mucho al Europa, segundo club de mi corazón. Este hecho me lleva a sentir estima por ese equipo de chavales y me detengo a observar con mayor detenimiento el juego. Sin embargo pronto me doy cuenta que es el equipo de verde el que mejor toca el balón. Se diría que juegan extraordinariamente bien. Los niños están bien organizados en el campo y tocan la pelota con criterio, buscando a sus compañeros y posicionándose rápido para buscar desmarques, superioridades o paredes. El cerebro del equipo es un chico negro, corpulento y muy rápido. Por él pasan casi todos los balones y con su corta edad es capaz de decidir frenar el ataque, ir para atrás, tener paciencia y observar a sus compañeros o lanzar pases largos con genial clarividencia. 
Al ver semejante nivel de juego conjunto pienso inmediatamente en una buena labor del entrenador y hacia él dirijo mi atención. Se trata de un hombre de unos cuarenta años; sin duda hombre de club y exfutbolista. Lo sugiere su mirada y su seguridad así como algunos comentarios rápidos que le consigo escuchar. Observo a su vez a los chicos del banquillo. Por sus miradas lastimosas se diría que el entrenador no hace demasiadas rotaciones. Un niño especialmente me llama la atención por su extrema tristeza en la mirada y sus movimientos a medio camino entre el fastidio y la aflicción. Se diría que debe jugar poco y eso lo mata por dentro. Me recuerda a mi mismo esa tarde que me escondí en el vestuario con rabia a llorar mi situación de suplente. 
Esas observaciones y recuerdos vuelven a posicionarme en la idea básica que el deporte en la infancia debe tratar de equilibrar competitividad con bienestar emocional, respeto, educación, superación personal y espíritu colaborativo. 
Ensimismado en estos pensamientos pedagógicos caigo en la cuenta que algo me perturba y rompe mi paz matinal de este sábado: se trata de los comentarios y gritos de algunos de los padres que asisten al encuentro. Como si estuvieran poseídos por una necesidad catárquica gritan improperios y barbaridades a propósito de una falta de un chico del otro equipo. Escucho insultos a la madre del árbitro, insultos al otro niño, animan a sus hijos a ser agresivos y violentos, vociferan y pierden definitivamente su credibilidad como padres responsables de la educación de un niño de doce años. 
Me duele vivir esta situación por que no es justo que chavales de estas edades puedan asociar deporte a violencia. 
Sólo uno de los "padres" rivales responde a las provocaciones y contesta a gritos y de malas maneras. El asunto va subiendo de tono entre las dos "hinchadas familiares". 
De repente me doy cuenta que casi todo el mundo está centrado en la trifulca y no en el juego de los muchachos que, por otro lado, no es nada agresivo ni violento y no se ha contagiado de la tensión que se vive fuera. 
La discusión sube de tono y ya se entra en el terreno de las amenazas. No sirven de mucho las intervenciones de ambos entrenadores para apaciguar los ánimos. Finalmente tres o cuatro personas llegan a las manos brevemente ya que son sujetados y controlados rápidamente por otros padres y entrenadores entre gritos y empujones. 
Me entristece enormemente la situación y me vengo a bajo definitivamente al observar al chico rubio del banquillo llorando desconsoladamente al ver como su padre está fuera de sí intentando agredir a otra persona. Mientras, el chico negro, un tanto asustado mira para la grada perdiendo la concentración y el balón. A resultas de esa pérdida la jugada termina en un gol tras flagrante fallo defensivo en cadena. El entrenador, furioso, manda calentar a unos de los chicos del banquillo que, precipitadamente se incorpora al ahora ya caótico juego substituyendo al joven castigado de origen africano que entre sollozos aguanta un broncazo espectacular. 

Aprovecho el momento en que el chico se retira llorando para el vestuario para ponerme a su lado y comentarle que el entrenador ha sido injusto con él y que ha hecho un partido increíble. Me mira con lágrimas en los ojos y me agradece tímidamente el comentario en el mismo momento en que es insultado por el color de su piel por otro aguerrido padre de la hinchada rival.