jueves, 31 de marzo de 2016

Cruyff y su legado


Johan nos dejó en un extrañamente cálido mes de marzo barcelonés. Murió en su país de acogida, en la ciudad que tanto amó y de la que tanto cariño recibió. Partió sin mucho ruido, discretamente y casi sin avisar aunque los más allegados ya conocían su estado precario de salud y temían un pronto final.
No pretendía escribir nada en su honor puesto que miles de periodistas, barcelonistas, fans del Ajax, holandeses, futbolistas varios y demás ya han ido comentando por las redes sociales la grandeza del personaje. No puedo añadir mucho, la verdad. Tampoco es esa mi intención.
Sin embargo me he dedicado estos últimos días  a ir leyendo las cartas, declaraciones, tweets y publicaciones en facebook de las personas que se refieren a su figura prestando especial atención a sus compañeros de juego -ya entrados en años- y a los futbolistas a los que dirigió como entrenador. Y ciertamente, no me he sorprendido ya que en su conjunto se demuestra el espíritu de una persona que dejó huella profunda en todos ellos. Y la verdad, no todo son halagos ni buen rollo. Hay futbolistas que comentan como Johan los puteó terriblemente, como fue duro con ellos y inflexible en muchos momentos. Sin embargo, absolutamente todo el mundo coincide en la idea que se trató de una persona excepcional, capaz de influir en los demás, de convencer, de expresar cariño a su manera, de liderar a personas y grupos en torno a una mentalidad ganadora. Y es esa vertiente de su persona (a parte de su interés puramente futbolístico y estético que dejo para los periodistas deportivos) la que más me interesa.

Un amigo (http://www.pasionesferica.com/cruyff-y-el-viaje-del-heroe/) escribió en su famoso bloc que el impacto de Johan en su vida tiene que ver precisamente con esta capacidad de liderar, de autoliderarse y de ser valiente. En palabras penelísticas él lo asocia al "viaje del héroe" y releyendo sus palabras entiendo que este viaje debe ser universal y socializado.
Futbol a parte, Cruyff era un apasionado de la vida; capaz de construir una idea, liderarla y aglutinar a los demás en torno a ella, capaz de ser valiente y defender sus proyectos sabedor del triunfo final... Aunque este no se diera.

Por todo ello y mucho más este país le debe a este hombre grandes aprendizajes. Y les recuerdo: no estoy hablando de fútbol. Soy el primero que siente remordimientos por ensalzar la figura de un futbolista o entrenador por encima de la de un poeta, un médico o cualquier ser humano que pierda la vida. Precisamente el deporte no es la actividad humana más importante ni sus protagonistas los que rigen nuestros destinos , más bien acostumbran a ser parapetos del poder para que el pueblo ensalce a las figuras famosas eclipsando a los que verdaderamente generan cambios en el mundo.
Pero con Johann se confunden los términos y su legado -ni que sea a través del deporte- va más allá mostrando a miles de barcelonistas el camino para sentirse y ser ganador, aparcando miedos y complejos, creyendo en una idea, en una estética, en el disfrute de algo ("salid y disfrutad"), con responsabilidad y liderazgo, con energía y un punto de soberbia, sinergizando esfuerzos, caracteres y egos para vencer y convencer en un entorno negativísta, aciago, cenizo y perdedor.
Una persona sola venciendo a un entorno derrotado tiene un mérito descomunal; en fútbol, en la empresa o en la familia. Y ese es su mayor legado. Por todo ello Johann debe ser un referente. Más allá de sus goles, de sus genialidades, de sus "cruiffadas", de las memeces y torpeces, más allá de sus aciertos futbolísticos o empresariales debemos reconocer en él a un luchador, inconformista,valiente y seguro de sí mismo que logró aunar a una masa social que pasó en pocos años del negro más triste al blanco más brillante. Tomemos ejemplo. 

viernes, 11 de marzo de 2016

Bares chinos en Barcelona

Como buen ciudadano barcelonés y barcelonista de inicios de siglo debo reconocer el tremendo impacto social que nuestros amigos de la comunidad china han llevado a cabo sobre el  comercio de nuestra ciudad. No me refiero solo a las famosas boutiques al por mayor que han acaparado la zona de Arc de Triomf y limítrofes ni a las famosas tiendas del concepto primitivo de "todo a cien" ni a las fruterías de toda la vida ni a las peluquerías y putiferios esclavistas sino más bien a los centenares de baretos de barrio que antaño eran regentados por gallegos, andaluces o castellanos y que poco a poco se han ido convirtiendo como por lento arte de magia a la influencia oriental. Una introducción sutil y relativamente agresiva puesto que la mayoría de los nuevos dueños de dichos negocios de restauración se apoyaron en un aprendizaje previo de la cocina local y las costumbres antes de lanzar las campanas al vuelo. El ejemplo clásico del ciudadano chino que compra un local gallego y durante un año mantiene al antiguo dueño para que le enseñe los secretos del pulpo a feira o de unas buenas bravas no es baladí. Muchos de estos nuevos propietarios se han "formado" para poder regentar un local de barrio en condiciones. Y dicha formación no se ha reducido exclusivamente a lo culinario sino que ha abarcado el arte comunicativo. Por ello es tan común -y chocante- atisbar chinos que se expresan en sus bares de barrio como sus antiguos amos: "joder tio!", "la madre que parió", "que cabrón", "joputa!" Incluso abusando de dichos términos coloquiales y como formando parte indispensable de su nuevo vocabulario en español. Resulta curioso que alguien que no controla los tiempos verbales te regale de repente un "eres un jodío!"
El mismo aprendizaje de idioma coloquial lo hicieron diversas mujeres chinas adaptándose a su puesto de venta en la frutería:"que va a ser guapa?", "oferta de mandarinas para chica guapa como tú!" (dirigiéndose a la abuela),"las lechugas están frescas como tú".....
Pero volviendo al ámbito de la restauración debemos reconocer el tremendo apoyo que los bares chinos han tenido por parte del fútbol. Y es que cualquier barrio (exceptuando el cuadrante que abarca de la Diagonal para arriba y Gràcia para la izquierda)  se debe a sus baretos chinos donde bajar a ver el partido del Barça cualquier dia de la semana. No fallan. Tenemos la seguridad absoluta de poder ver el partido mientras nos tomamos unas tapas y cervezas con los amigos y vecinos a un precio por debajo de lo razonable. Es fantástico.
Los nuevos dueños de los antros (Juan, Toni, mi querido Hao) acostumbran a interactuar con los parroquianos como si fueran del barrio de toda la vida y el público, maravillado por el esfuerzo lingüístico del chino responde con gracia y naturalidad. El jodido chino ha conseguido recrear el ambiente que buscaba sin formar parte de la cultura dominante.
Capítulo aparte merecen las mujeres chinas que se insinúan de una manera tan poco sutil como estudiada (tanto que la insinuación desaparece): "hola guapo!", "te sienta muy bien el blanco", "oye que mi marido no está! Jaja".
Sin embargo asistir un encuentro del Barça en el chino de turno ya se erige en un clásico, en ritual semanal para miles de ciudadanos. Y es esa percepción de clásico, de costumbre arraigada la que me merece especial atención y me arranca cierta preocupación puesto que me lleva a pensar en la cantidad de tiempo necesario para que algo sea considerado como clásico o cultural. Y ciertamente el fenómeno chino creo que es reciente...

Pese a todo hoy me bebí un par de cervezas, un frankfurt asqueroso y un generosísimo carajillo en el bar de Juan, emblema de los borrachos del bajo Guinardó, mientras veía como el Rayo Vallecano caía estrepitósamente ante mi Barça.


Y si les soy sincero me sentí a gusto pese  a la mierda de bocadilo.