viernes, 11 de marzo de 2016

Bares chinos en Barcelona

Como buen ciudadano barcelonés y barcelonista de inicios de siglo debo reconocer el tremendo impacto social que nuestros amigos de la comunidad china han llevado a cabo sobre el  comercio de nuestra ciudad. No me refiero solo a las famosas boutiques al por mayor que han acaparado la zona de Arc de Triomf y limítrofes ni a las famosas tiendas del concepto primitivo de "todo a cien" ni a las fruterías de toda la vida ni a las peluquerías y putiferios esclavistas sino más bien a los centenares de baretos de barrio que antaño eran regentados por gallegos, andaluces o castellanos y que poco a poco se han ido convirtiendo como por lento arte de magia a la influencia oriental. Una introducción sutil y relativamente agresiva puesto que la mayoría de los nuevos dueños de dichos negocios de restauración se apoyaron en un aprendizaje previo de la cocina local y las costumbres antes de lanzar las campanas al vuelo. El ejemplo clásico del ciudadano chino que compra un local gallego y durante un año mantiene al antiguo dueño para que le enseñe los secretos del pulpo a feira o de unas buenas bravas no es baladí. Muchos de estos nuevos propietarios se han "formado" para poder regentar un local de barrio en condiciones. Y dicha formación no se ha reducido exclusivamente a lo culinario sino que ha abarcado el arte comunicativo. Por ello es tan común -y chocante- atisbar chinos que se expresan en sus bares de barrio como sus antiguos amos: "joder tio!", "la madre que parió", "que cabrón", "joputa!" Incluso abusando de dichos términos coloquiales y como formando parte indispensable de su nuevo vocabulario en español. Resulta curioso que alguien que no controla los tiempos verbales te regale de repente un "eres un jodío!"
El mismo aprendizaje de idioma coloquial lo hicieron diversas mujeres chinas adaptándose a su puesto de venta en la frutería:"que va a ser guapa?", "oferta de mandarinas para chica guapa como tú!" (dirigiéndose a la abuela),"las lechugas están frescas como tú".....
Pero volviendo al ámbito de la restauración debemos reconocer el tremendo apoyo que los bares chinos han tenido por parte del fútbol. Y es que cualquier barrio (exceptuando el cuadrante que abarca de la Diagonal para arriba y Gràcia para la izquierda)  se debe a sus baretos chinos donde bajar a ver el partido del Barça cualquier dia de la semana. No fallan. Tenemos la seguridad absoluta de poder ver el partido mientras nos tomamos unas tapas y cervezas con los amigos y vecinos a un precio por debajo de lo razonable. Es fantástico.
Los nuevos dueños de los antros (Juan, Toni, mi querido Hao) acostumbran a interactuar con los parroquianos como si fueran del barrio de toda la vida y el público, maravillado por el esfuerzo lingüístico del chino responde con gracia y naturalidad. El jodido chino ha conseguido recrear el ambiente que buscaba sin formar parte de la cultura dominante.
Capítulo aparte merecen las mujeres chinas que se insinúan de una manera tan poco sutil como estudiada (tanto que la insinuación desaparece): "hola guapo!", "te sienta muy bien el blanco", "oye que mi marido no está! Jaja".
Sin embargo asistir un encuentro del Barça en el chino de turno ya se erige en un clásico, en ritual semanal para miles de ciudadanos. Y es esa percepción de clásico, de costumbre arraigada la que me merece especial atención y me arranca cierta preocupación puesto que me lleva a pensar en la cantidad de tiempo necesario para que algo sea considerado como clásico o cultural. Y ciertamente el fenómeno chino creo que es reciente...

Pese a todo hoy me bebí un par de cervezas, un frankfurt asqueroso y un generosísimo carajillo en el bar de Juan, emblema de los borrachos del bajo Guinardó, mientras veía como el Rayo Vallecano caía estrepitósamente ante mi Barça.


Y si les soy sincero me sentí a gusto pese  a la mierda de bocadilLo.  

domingo, 28 de febrero de 2016

Champions peruana



Era una mañana preciosa en Pisaq. Un cielo azul espectacular nos envolvía suavemente entre la aparatosidad montañosa del valle sagrado. Mi resaca era poco menos que insoportable. Las aventuras de la noche anterior en la fiesta mayor del pequeño pueblo de Qoria habían desballestado mis defensas y me sentía como muerto en vida mientras tomaba un café callejero en medio del colorido mercado del pueblo. En Qoria lo había pasado en grande. Llegamos por casualidad a través de hacer amistad con el panadero de Pisaq y una vez en la minúscula localidad los parroquianos nos acogieron con tanta cordialidad como curiosidad, tratándose de los primeros extranjeros que se dejaban caer en su fiesta mayor.  Comimos y bebimos sin parar, riendo con la gente del pueblo y tejiendo amistades que con la exaltación alcohólica parecían indisolubles. Bailamos y disfrutamos. También sufrimos al volver de madrugada a Pisaq en el auto del amigo panadero que a duras penas podía coger el volante de la cogorza que llevaba deambulando por la peligrosa carretera con el Urubamba asomando en el fondo del barranco.

Pero habíamos sobrevivido y ahora estábamos dispuestos -pese al dolor de cabeza- a disfrutar del hermoso domingo que se nos presentaba. Tras una breve conversación para decidir nuestro rumbo decidimos dejarnos caer por Chinchero, una pequeña localidad que el domingo acogía un hermoso mercado de ropa y telas indígenas. Para ello nos montamos en una abarrotada furgoneta que se suponía pasaba por allí.
Las tremendas curvas y el mal estado de la carretera me encogían el estómago y el apestoso compañero de viaje que me había tocado en el estrecho sillón remataba la faena sumiéndome en un estado de parálisis que solo podía terminar en un aparatoso vómito que finalmente pude evitar.
Llegamos por fin a Chinchero y admiramos un hermoso pueblecito quechua repleto de comerciantes de toda la comarca vendiendo sus coloridas telas, con hombres, mujeres y niños vestidos a la manera tradicional. Rápidamente nos convertimos en la atracción de todo el mundo y lógicamente intentaron hacer negocio ofreciéndonos sus mercancías. Consciente que cuando viajo a menudo hago compras en ese momento indiscutibles pero que una vez en casa me resultan absolutamente innecesarias declino los ofrecimientos y me centré en observar los puestos de frutas y verduras así como los de ungüentos tradicionales que tanto me llaman la atención.
Deambulamos tranquilamente por Chinchero y atisbamos una iglesia de tipo colonial a las afueras de la pequeña localidad. Lógicamente nos acercamos a ella. Se trataba de una pequeña iglesia barroca a todas luces de origen español. Era linda y estaba bien cuidada. Intentamos entrar pero estaba cerrada aunque un viejo que yacía sentado en el suelo se ofreció a ir a buscar al párroco para que nos la pudiera enseñar por dentro.
Los cuatro catalanets alucinamos cuando nos encontramos un fresco gigante de las montañas de Montserrat en la pared principal y una réplica de la moreneta llena de ofrendas florales a sus pies.  La pequeña iglesia se llamaba precisamente así, Montserrat, y constituía una prueba viva del paso de catalanes por esta lejana zona del valle sagrado hace siglos.

Siempre que nos movemos por el mundo los catalanes nos enorgullecemos al encontrar rastro de nuestros ancestros en lugares inesperados. Con ese orgullo patético salimos de la iglesia por una pequeña puerta en el ábside y nos encontramos de repente con algo inesperado. Enfrente nuestro  había un prado bien grande donde se agolpaban decenas de familias disfrutando del domingo soleado comiendo y bebiendo en comunidad. Atiné que especialmente la bebida estaba muy omnipresente en los cuerpos de la mayoría de parroquianos. La felicidad y el buen ambiente se palpaban en el aire.
Paseamos distraídamente entre las familias a la vez que nos ofrecían comida  y bebida. Mi espíritu viajero se inclinaba  a aceptar y sentarme con ellos pero mi maltrecho estómago impuso cordura.

De repente en medio del prado se armó un revuelo y decenas de hombres y mujeres empezaron  a correr como posesos. Acababan de  empezar un partido de fútbol! Como porterías armaron  un par de postes pequeños en el suelo. Iban todos descalzos y perseguían sin miramientos un balón que andaba botando arbitrariamente entre la hierba del terreno. Resultaba curioso ver a hombres, mujeres y niños de todas las edades vestidos con el atuendo tradicional emplearse tan a fondo en un partido sin ley repleto de caídas, tropiezos y risotadas conjuntas al ver a los más borrachos intentar correr sin irse al suelo. Todo el pueblo estaba reunido allí, feliz, animando a sus familiares en un encuentro improvisado que me pareció sencillamente apasionante.
Los más viejos seguían con la mirada las idas y venidas y sonreían ante las trompadas que se daban los jugadores.
Me quedé perplejo y ensimismado observando lo bien que lo pasaban. De repente una hermosa adolescente se acercó y me cogió de la mano llevándome hacia los jugadores. No pude negarme y terminé corriendo como un loco persiguiendo un balón chutado sin ton ni son de un lugar a otro con cuarenta o cincuenta personas arrollándome, dándome empujones, cayendo y partiéndose de risa ante las numerosas situaciones ridículas que se  daban.
Todo el mundo llevaba una buena trompa y comprendí  que cada domingo de buen tiempo debían organizar semejante festival.

Agotado tras quince minutos de trotar y reír me despedí de los jugadores entre abrazos y risas. Una niña me despidió con una fuerte palmada en el culo que me dejó algo confuso mientras todos los demás seguían jugando entre las tremendas risotadas del público que, licor en mano, comentaba los pormenores del juego. La hermosa iglesia de Montserrat presidía  el evento y le lengua española se desdibujaba completamente en una única comunicación común en quechua.

Abandonamos Chinchero rumbo a un cruce de carreteras donde nos buscaríamos la vida para volver al Cuzco y yo me iba girando mientras caminaba por la carretera para comprobar que el partido seguía  vivo y el fútbol cumplía su cometido de divertir a la comunidad y de facilitar un espacio de felicidad compartida. Me hubiera apetecido quedarme a jugar con ellos todo el domingo.  Tal vez algún día vuelva a Chinchero para  disputar otro encuentro en comunidad. 

lunes, 22 de febrero de 2016

El motivo de la repetición de escenas en series documentales americanas


Mientras esperaba en el banquillo aportar su humilde contribución a la nueva derrota de su equipo cavilaba cabizbajo y adormilado el motivo por el que muchos documentales norteamericanos de corte menor intelectual acostumbraban a repetir escenas y "resituar" al espectador dentro del mismo capítulo para "arrancar" de nuevo con el guion donde lo habían dejado por unos instantes. Se trataba de series documentales relativas a guerras, alienígenas, construcciones ciclópeas, decoración exprés de hogares estadounidenses, experiencias de adolescentes embarazadas, supervivientes, cárceles de máxima seguridad, grandes conspiraciones mundiales, visiones futuristas o misterios de la humanidad. En todos ellos durante unos minutos -como si se hubiera tenido que cortar el programa por la publicidad- se dedicaba un intervalo a modo de recordatorio para que el espectador pudiera seguir sin problemas el hilo de la explicación.
Mientras pensaba en ello se perdió el tercer gol que su amigo Jordi acababa de encajar tras un fallo en cadena de toda la defensa para desesperación de Mauro, el sufrido entrenador del equipo Cadete C a la vez que su inmisericorde padre. ¿Dónde se había visto un padre-entrenador de un equipo escolar que no alineara a su propio hijo en el once titular?. Tras maldecir discretamente a su padre y comprobar el estado de ánimo general de sus compañeros volvió a su indagación interior cayendo de repente en la cuenta que tal vez los telespectadores norteamericanos necesitaran de estos recordatorios poco sutiles para poder seguir con atención el programa; alguien le había comentado que la gente de estados unidos dispone de una media cultural realmente baja rozando en muchas ocasiones la verdadera estupidez. Sin embargo esta idea era generalista en extremo y no concebía como la nación que lideraba la humanidad pudiera estar plagada de personas idiotizadas.

En el descanso se dedicó a chutar balones en el terreno de juego junto a sus compañeros de banquillo sabedores todos ellos que disfrutarían de los últimos quince minutos de juego antes de finalizar el encuentro, con todo decidido. Aunque bien mirado el partido ya estaba decidido. Perdían tres a cero y no habían conseguido un solo gol en las últimas cuatro jornadas con lo que soñar con una remontada épica se presentaba como una quimera.
Entre pase y pase corría por el centro del campo improvisando un ridículo y inútil precalentamiento. Pero era la costumbre y así lo hacían sin pensárselo dos veces cada sábado por la mañana.
Cuando sus compañeros de equipo saltaron al terreno de juego nuevamente se retiró con lentitud hacia su lugar acostumbrado en el banquillo, balón bajo el brazo y arrastrando las botas con las medias caídas resignado a su suerte de jugador segundón.

Las conversaciones de los suplentes nunca eran agradables. Discurrían entre la crítica mordaz hacia sus compañeros titulares sustentadas en una envidia corrosiva y los comentarios lamentables sobre las series y programas de moda. Ensimismado de nuevo en su reciente incógnita preguntó a sus colegas sobre la cuestión de los documentales americanos que tanto le intrigaba aún a sabiendas que tal vez estos le tomarían por un friki. Tras comprobar esta última posibilidad prefirió pasar el resto del tiempo callado y no participar de las estúpidas bromas de Pau, Mohamed y Ricardo.


Su equipo encajó aquella mañana soleada un par de goles más en la segunda parte y su brillante aportación en el tramo final del encuentro no pasó de un par de pases bien dados, tres o cuatro trotadas infructuosas, un robo de balón, un punterazo sin suerte y una descomunal y violenta entrada sobre el ariete contrario en el centro del campo que le costó la roja directa así como la absoluta desaprobación de su padre y los abucheos de las familias del equipo contrincante. Sin embargo él sabía que ese tremendo patadón por detrás serviría para alegrar las conversaciones escolares de la próxima semana dónde una vez tras otra sus amigos y él relatarían la anécdota reviviendo el momento, exagerando, riendo y disfrutando para el sábado siguiente, en el próximo partido, retomar el guion en el mismo banquillo de siempre. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Bondad del juez de linea



El conductor del extraño vehículo eléctrico que deambula por el Camp Nou con un jugador lesionado y quejoso no se sacó nunca el carnet de conducir. Quizás fuera por eso que en la última jornada liguera atropelló al juez de línea y le rompió la tibia por tres sitios.

 De nada sirvieron sus excusas ni súplicas el lunes por la mañana cuando fue llamado a las oficinas del club. Sin mucha misericordia fue expulsado del club para ir a engrosar las listas del paro. 

El ridículo había sido histórico y todas las televisiones y webs del mundo repetían constantemente el incidente con cierta sorna. La cobertura mediática también se concentraba en el hospital barcelonés donde estaba ingresado García Otero -el juez de linea gallego- al que no le hacía ninguna gracia tener que ser operado y imaginarse los siguientes cinco meses de recuperación. 

Paco, el triste conductor se veía una y otra vez en la televisión poniéndose las manos a la cabeza tras darse cuenta del brutal estropicio. Sus hijos sufrían las burlas atroces de sus compañeros de clase, otrora admiradores de la profesión de su padre y su mujer recibía el pésame de cada clienta que entraba en la floristería que regentaba en el barrio.

García Otero tras ser operado de urgencia relataba para los medios su patética experiencia sobre el terreno de juego: " estaba ahí hablando con el árbitro por el pinganillo que de repente atiné que el vehículo venía directo hacia mi con el jugador lesionado a cuestas; pensé que giraría o pararía pero no, se lanzó hacia mi y aunque intenté esquivarlo se me tiró encima enganchándome la pierna de lleno y partiéndomela por tres lados... De repente observé mi pie colgando y un dolor horrible se apoderó de mi. El conductor hizo marcha atrás acabando de rematar mi maltrecha pierna pasando por encima de nuevo y acabando de romper lo poco que quedaba sano... Horrible".

Los jugadores del Barça hablaron del suceso en la rueda de prensa y un par de ellos tuvieron que contenerse la risa ante la pregunta. El público del Nou Camp también se tronchó de risa ajeno, al principio, de la enorme lesión del juez gallego.
El presidente, entrevistado en el palco al terminar el encuentro, se comprometió a ayudar a la familia del damnificado sin especificar cómo y todos los periodistas que al igual que el público se rieron con la escena en directo después tuvieron que rectificar al ver la tibia de García Otero destrozada.

Paco pensaba en todo ello unos días después. No entendía cómo la maldita zapatilla se le había enganchado en el pedal del gas. Se sentía estúpido y solo, culpable de un ridículo histórico para con su club y apesadumbrado por  el desastre económico para la familia tras perder el empleo "ipso facto". A sus cuarenta años y con una formación mas bien limitada sentía que las oportunidades importantes de la vida ya habían pasado de largo y este último golpe no había hecho sino confirmar su fracaso. Se sentía deprimido, triste y no entendía el origen de su desgracia. "Soy un tipo trabajador; cada semana me dejo la piel ayudando en la limpieza del estadio, en los sobrantes del césped, las cajas de los proveedores, los materiales a organizar, el encuadre de los anuncios,  las malditas rayas del terreno de juego,  haciendo el mantemiento de las cortadoras de césped, ordenando los vestuarios... Y tengo un error y me echan a la calle así, expedientado y sin indemnización, humillado y ridiculizado... No es justo!"

Una semana más tarde y ya resignado a engrosar las listas del paro de este país decidió escribir una carta a García Otero: " Sr García Otero. Ante todo querría disculparme por mi tremendo error. Soy consciente de que usted a parte de juez de línea profesional  se dedica a ser profesor de educación física así como escalador de élite y maratoniano amateur. Sé que le he jodido la vida ya que en un futuro será un profesor de educación física cojo y un escalador y maratoniano frustrado. Perdón. PERDON. No atisbo a encontrar disculpas suficientes. Me siento horriblemente mal. Nunca en mi vida le hice daño a nadie y no soporto pensar que por mi culpa alguien va a estar jodido de por vida. Imagino que va a guardarme rencor aunque me veo en la obligación de recordarle que el accidente fue totalmente fortuito (se me enganchó la zapatilla en el pedal del gas) . Tras pasar por encima de su pierna por segunda vez y observar su banderín tirado sobre el césped dándome cuenta de sus alaridos de dolor sentí que era la persona más patosa del mundo y me quise hacer desaparecer. Cuando bajé del vehículo y vi su tibia doblada por varias partes toda mi vida se me pasó por delante: las burlas de mis compañeros de clase en Santa Coloma, mis tristes empleos de juventud en Hospitalet, el esfuerzo de mis padres para comprar una mierda de casa, la seducción de mi esposa en la feria de Santa Eulalia,  nuestra primera casa alquilada en Trinitat Vella, el enchufe espectacular de mi cuñado en el Barça.... Y pensé durante unos segundos que todo se iba a la mierda. Y creí que realmente soy la persona más inepta del mundo. Y llegué a la conclusión que destrozar la pierna de un juez de línea es de lo más patético que le puede ocurrir a alguien en la vida. Espero que me perdone y no se acuerde mucho de mi madre cuando pretenda escalar alguna pared y se de cuenta que su maltrecha tibia no le permite más alegrías. Disculpándose de nuevo se despide su amigo Paco... Si puedo hacer algo más por usted estaré presto a ayudarlo en lo que sea".

García Otero no dudó en responder de manera muy rápida: " Querido Paco, a parte de ser, hoy por hoy, un lisiado en mi escuela y un maratoniano y escalador que pudo ser muy grande pero que no va a ser nadie también soy un ser humano empático que entiende su impotencia. Y si le soy sincero también soy un nuevo rico gracias a Euromillones. Por ello le emplazo a quedar en un mes en su ciudad y cederle tranquilamente una parte de mis increíbles ganancias en este juego. Estamos hablando de cederle unos  dos millones de euros. Supongo que eso le ayudará a tirar adelante su familia y a organizarse un futuro relajado. No se sienta culpable por el accidente. Usted no tuvo la culpa. Piense que, de alguna manera, de una desgracia a veces aparece una bendición. Téngalo presente. 
Un abrazo de Javier. 
PD: ¿se siente mejor?, espero que se siga sintiendo igual de bien cuando sepa que en mi vida compré un boleto de euromillones… "

domingo, 16 de agosto de 2015

Futbol en la plaza mayor



La plaza del pueblo es uno de los lugares por excelencia donde practicar con el balón. Especialmente cuando tienes entre ocho y diez años y aún no te atreves a saltar la valla para acceder al campo de fútbol de la escuela no hay demasiadas alternativas para soñar con ser Messi o Iker Casillas.

Observo desde una terracita justo en medio de la plaza mayor de l'Espluga de Francolí cómo siete niños persiguen incansablemente un balón marcando goles a un chiquitín chino vestido del barça que defiende como portería la puerta de la iglesia aunque con grandes esfuerzos sólo logra bloquear alguno de los tremendos disparos que los más mayores le regalan. Como siempre, el pequeñín es el más pringado de todos en los partidillos de calle.

Entre sorbo y sorbo de mi merecida caña tras quince quilómetros de marcha por la comarca me divierto observando a los chiquillos y me entretengo escuchando las conversaciones de los adolescentes que están sentados en la mesa de enfrente. Sus conversaciones me recuerdan descaradamente a las mías a su edad en el pueblo. Largas tardes de agosto en la plaza donde jóvenes veraneantes y oriundos aprenden y experimentan, ríen y inventan alocadas historias que todos reconocen como falsas pero convierten en verdaderas.

El sol se escurre entre la sombrilla y ataca mi brazo izquierdo. El calor del interior tarraconense es duro pero seco, engrandeciendo el bienestar en las zonas de sombra.

Mis compañeros de terraza son curiosos. A parte del grupito de quinceañeros me acompañan dos jóvenes rumanos que parece que sean de l'Espluga de toda la vida y un par de abuelos tomando vinos sin parar y fumando interminables cigarrillos de liar que no se sacan de la boca para conversar.

El partidillo sigue su curso y el niño chino sigue encajando goles sin parar. Aún recibiendo un tremendo "chupinazo" en toda la cara tiene la moral, tras lloriquear unos segundos, de seguir con el juego. Por lo que veo los mayores no se apiadan demasiado del pequeño y le invitan sutilmente a "descansar" en el banco un rato; a lo que el proyecto de portero se niega en rotundo.

 

Una tarde de domingo de agosto en el pueblo. Todo sigue su curso y a partir de las seis los adultos comienzan a dejarse ver por la plaza para sentarse a tomar un café con los amigos. Más niños invaden el lugar, esta vez armados con bicicletas y patines. Tocan las campanas. El sol en un momento de derrota se esconde tras un cúmulo y el viento agita levemente las hojas de las moreras de la plaza.

 

Los adolescentes siguen su animada conversación sobre borracheras, tipos chungos del pueblo y aventuras inventadas en el instituto y yo me siento viajando en el tiempo a mis quince años y las aburridas tardes de agosto... Por lo que veo las cosas no han cambiado demasiado en casi treinta años.

 

Apuro mi caña y me levanto dispuesto a pasear un rato por el pueblo. Me acerco a los futbolistas de la plaza y me paro a observarlos de cerca: corren con ímpetu, sin reglas de espacio, sonriendo y gritando. Chen (así le llaman) les recuerda que lleva jugando de portero mucho rato y quiere hacer de jugador y uno de los mayores le espeta que se espere a tres goles más. El niño protesta argumentando que le dijeron lo mismo antes y que ya le han marcado unos diez goles. Sin pensármelo dos veces le digo a Chen que salga a jugar, que yo voy a ocupar su lugar en la puerta de la iglesia. El niño desconfía al principio pero me sonríe satisfecho de la oportunidad y sale disparado a jugar. Miro a los mayores que se han quedado estupefactos y sin atreverse a decir nada siguen jugando y entienden que no voy a dejar que me marquen ni un solo gol, bueno, sólo le dejaré marcar uno a Chen...


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miércoles, 8 de julio de 2015

Gin tonics en el chino


Cae la tarde y Juan Pablo no quiere regresar a casa. Sabe que la histérica de su mujer está esperándole con las mil recriminaciones habituales, con las cantinelas de siempre y las agonías perturbadoras nuevas que en esta última temporada ella anda perfeccionando hasta la extenuación.
Se sienta en una mesa del bar chino de siempre y cae en la cuenta que por la televisión con churretes grasientos aparecen las imágenes de su queridísimo madrid que hoy juega partido de champions en Alemania. Se alegra y sin pensárselo dos veces le pide a Lili un gin tonic -"de campeones", sugiere con voz divertida. Manda un wazzapp a Lourdes donde brevemente le cuenta que hoy hay partido y que se queda en el bar. Ella no contesta el mensaje convencida que si no hubiera partido sería otra excusa.
Juan Pablo no es lo que se dice un alcohólico al uso sino más bien un hombre que se deja acompañar por las copas en sus momentos de tristeza, que dicho sea de paso, son diarios.
El futbol en el chino es una de sus mas valiosas excusas para escapar de su angustioso hogar.
Los primeros años con Lourdes eran otra cosa. Bajaban juntos al bar a ver los partidos (ella es colchonera) y reían y se provocaban y se besaban. A menudo se quedaban en casa y practicaban el ritual de las patatas fritas, cacahuetes y cervecita para amenizar el encuentro. Él recuerda disfrutar junto a ella en estos momentos de pre-match; por la mañana ya pensaba en la velada junto a Lourdes que a menudo terminaba en un apasionado encuentro marital en el sofá paralelo al partido de futbol.
Pero ahora todo era distinto. Lourdes había perdido la ilusión de antaño por él. El paso de los años había sentenciado una relación destinada al fracaso. Juan Pablo sabía bien de eso. Su sentido premonitorio a menudo lo sorprendía. En este sentido, desde el mismo dia en que la conquistó supo que se trataba de la mujer de su vida pero algo le hacía presagiar que podía tratarse de su peor fracaso. Y con esa convicción en el alma dejó pasar el tiempo sin hacer nada por evitar el derrumbe.
Juan Pablo apura la copa y se dispone a pedirse la siguiente. Se percata que no està atento al partido sino que está pensando en Lourdes. Se siente culpable por amarla intensamente pero no saber demostrárselo. Cree que todo està perdido ya y no se ve con fuerzas para intentar un acercamiento seductor. Reconoce que las mujeres esperan precisamente eso de los hombres pero se dice a sí mismo que todo esto es puro teatro que ya dispone de grandes especialistas del ligoteo de barra. Él no es lo que se dice un seductor. Se observa a si mismo: barriga incipiente, calva cada vez más depurada, uñas negras de mecánico, barba de días y mirada de desilusión. Si apareciera un dia por casa vestido de traje y corbata, perfumado, afeitado y con flores y una invitación a cenar Lourdes se reiría en su cara!

Cristiano marca un extraño gol de espuela y Juan Pablo le da un nuevo sorbo a su gin tonic ajeno a la celebración de la parroquia.
Lourdes por su parte lee en la cama tranquilamente una de las novelas de Agatha Christie que aún le faltaba por disfrutar de su colección adolescente. Sin saber bien como su mano cae relajadamente sobre sus pechos y lentamente se acaricia el torso hasta llegar irremediablemente a su  lugar secreto entreteniéndose en juguetear con sus pliegues más íntimos recordando el tremendo orgasmo que le regaló hace unos meses su compañero del curso de inglés. No se siente culpable por haber traicionado a Juan Pablo en aquella situación. Se trató mas bien de una pequeña venganza liberadora.


El tercer gin tonic llega a su fin y un leve y agradable estado de euforia invade al mecánico del Clot. Pareciera ahora que las agonías cotidianas se difuminan en un halo de felicidad contenida. Habla con el chino del bar sin llegar a entenderse demasiado y intenta gastar alguna broma a la gordita Lili que rie una y otra vez sin entender un pimiento. Juan Pablo se percata de la situación y mientras pide su cuarta copa rememora grandes momentos de su juventud; sueños por construir, ilusiones en proyectos de trabajo, ligues de verano, exitosas salidas de grupo donde él siempre era el más agudo y bromista. Hundiendo la mirada se pregunta cómo ha dejado que la madurez lo fagocitara de esta manera tan cruel. Sin poder tener hijos, con un trabajo de mierda en un taller de barrio, con una otrora  hermosa mujer ahora marchitada y herida, con una falta de ilusión en el presente y en el futuro que no va más allá de evadirse en el bar mirando el futbol.  Y es precisamente esto, la falta de ilusión continuada, el convencimiento que el futuro será igual al presente o tal vez peor lo que inmoviliza a Juan Pablo y tapona sus pensamientos. Sólo el fútbol y su querido Madrid con la expectativa semanal de ilusión pasajera alegran parcialmente su existencia marcando dias concretos en el calendario donde sentir alguna esperanza y motivación, aunque esta salga sólo de las botas de Cristiano.

martes, 30 de junio de 2015

Nochebuena en el frente


 Aquél agujero infecto en el que el coronel Higgins, tan querido por todo su batallón,  expiró tras una agonía de varias horas fruto de una horrible herida de metralla en el cuello, servía ahora -semanas después de su fallecimiento- de lugar de recogimiento para toda la tropa que habitaba indefinidamente la trinchera. En una especie de altar erigido en su honor se exponía una litografía antigua en la que aparecían en formación los orgullosos futbolistas de la selección inglesa de football. Al pie aparecían los nombres de los jugadores así como el año (1906). El último nombre era el del capitán, el propio Higgins. Se le podía observar posando orgulloso con el balón bajo el brazo, con una leve sonrisa escondida tras su espeso mostacho. El coronel era una apasionado de ese deporte. En las largas esperas en la trinchera los soldados no se cansaban de escuchar las grandes hazañas de su coronel tanto en la selección como en su querido West  Ham. Era capaz de relatar de mil maneras la agónica victoria ante el combinado francés en París; cada vez de manera distinta, con goles en el último minuto una vez, con penaltis injustos otra, con inferioridad de jugadores por lesión otras y con aplastante superioridad británica las más. Pero en cada relato, Higgins, atrapaba en un halo de ilusión a todos los soldados, llevándolos a una tarde de gloria deportiva lejos de la metralla, de los cañonazos, haciéndoles olvidar el olor dulzón de la sangre de los caídos y la nauseabunda pestilencia de las heridas infectadas sin remedio.
Los soldados habían idolatrado a su coronel también por su excelente buen humor aún en las jornadas más desgarradoras. Los más jóvenes encontraron en él a un segundo padre en el campo de batalla: sereno, positivo, capaz de insuflar fe y animar a los más deprimidos, de  serenar a los más desesperados y siempre dispuesto a escuchar y compartir.

Cuando el viejo futbolista expiró entre barro, pólvora y sangre todo el batallón lloró y durante unos días pareció que la muerte había ganado definitivamente la guerra sumiendo a los más jóvenes en el miedo y la desesperanza. No fue hasta el quinto día tras la muerte de Higgins que alguien reaccionó. Y como cabía esperar no fue otro sino el cabo Burns.
El cabo se dirigió a la tropa tras su guardia y lanzó una suerte de proclamas para dar ánimo a sus compañeros. Especialmente hábil en lo dialéctico, Burns se emocionó cuando a viva voz se preguntaba qué era lo que Higgins les había enseñado y que su "padre en la guerra" se estaría revolviendo en la fosa si observara a sus soldados en ese estado anímico lamentable. Poco a poco sus palabras hicieron efecto y súbitamente McMillan le interrumpió, litografía en mano, proponiendo la idea de honrar el último lugar con vida de su coronel y convertir ese escaso metro de la trinchera en el "lugar" de Higgins. Los soldados colgaron con cariño la litografía y decoraron el agujero con hojas de papel llenas de dedicatorias y dibujos. Burns dedicó una tarde a confeccionar con retales de cuero y casacas de los fallecidos un rudimentario balón de fútbol para coronar el particular homenaje del batallón. Y desde ese día todos los soldados pasaban por allí en silencio y con respeto. Algunos se sentaban a menudo enfrente observando la litografía e imaginando a Higgins en el estadio de Boleyn Ground anotando goles frente al Leeds United, espoleando a sus compañeros, contagiando sus ansias de victoria y su fe inquebrantable. Uno de sus lemas decía algo así como "si crees que puedes conseguirlo ya estás a medio camino de la meta".

La gran guerra siguió su curso y la vida cotidiana en la trinchera cada vez tenía menos de vida y más de muerte. Sin embargo el agujero de Higgins seguía intacto y cuidado por sus compañeros. Los que iban muriendo dejaban paso a nuevos soldados de relevo que adoptaban la fe en Higgins de inmediato. Hasta que llegó el día en que Burns, el último soldado que había conocido al entrañable coronel murió de un certero disparo germano en la sien  tras varias jornadas sin un solo ruido. A menudo ocurría eso: días enteros sin disparos, en calma, pudiendo escuchar las conversaciones del enemigo a esos próximos cien metros, en su trinchera, pasando por las mismas penalidades que los ingleses. Ocurría que germanos y británicos se insultaban y bromeaban cada uno en su cubículo, hablando en la lengua del enemigo para que este pudiera entender perfectamente las referencias a su madre y a los tópicos de su país en tono de mofa. De vez en cuando, tras un siempre frustrado ataque a la trinchera enemiga, ambos bandos izaban bandera blanca para poder recoger a los muchos muertos y heridos escampados por tierra de nadie, despedazados unos, enredados en las alambradas otros.  Alemanes e ingleses aprovechaban para intercambiarse algunos productos de primera necesidad y para compartir tabaco.  Los escasos trescientos hombres de ambos bandos que estaban predestinados a matarse en aquella colina se conocían todos de vista y algunos de ellos conocían hasta los nombres de pila de sus enemigos. Por ello no resultó tan extraño lo acontecido en la nochebuena de 1915 cuando a propuesta del capitán Millar se izó bandera blanca y se acordó con el enemigo un alto el fuego especial para pasar la Navidad sin disparos. Los hombres salieron de sus trincheras y compartieron sin importar uniformes sus víveres, tabaco y licores. Y bien entrada la noche, al calor de la ginebra, alguien se atrevió a profanar el altar de Higgins y balón en mano propuso jugar un partido de fútbol en el llano entre las trincheras, británicos contra alemanes.

Fue aquélla la última navidad para la mayoría de jóvenes allí reunidos. Los supervivientes, sin embargo, recordarían para siempre los goles nocturnos anotados entre la alambrada, las risas y alegría compartida en la nochebuena más extraña de sus vidas.  

martes, 19 de mayo de 2015

Adolescente Goleador


El adolescente congraciado con el gol cree que es a lo único que puede aferrarse. Los entrenamientos de los martes y jueves así como los partidos del sábado resultan siempre ser los mejores momentos de la semana. Por ello los ansía y el simple hecho de saber que mañana jugará le da fuerzas para soportar las interminables clases de tercero de Eso, aburridas sobremanera.
No destaca en nada más en la vida. Un chico agradable pero no guapo, que aprueba los cursos pero sin gran ilusión ni ganas, hijo único de una pareja desgraciada y peleona, últimamente con mayor agresividad a tenor de la embriaguez cada vez más continuada de su padre. Con amigos normales, con vivencias normales, con expectativas reducidas.
Sólo su extrema facilidad goleadora le permite observar la vida con cierta alegría. Acostumbra a retarse en silencio antes de los entrenamientos y partidos aumentando su nivel de autoexigencia. Es consciente que a su edad ya no va a llegar a ser jugador profesional de la élite. Se conforma. Sin embargo el fútbol es aquello que le da vida, que le ayuda a mirar al frente con ilusión y fuerza. Consciente de ello se aferra al balón como salvación personal en una vida sin brillo.

El sábado pasado marcó dos nuevos goles, ambos de cabeza, bien posicionado y atento. Con ello consiguió encabezar la tabla de goleadores de la categoría por vez primera en su vida.

Cuando salta al césped se transforma en un líder, en un ser concentrado que se mueve, corre y grita en un estado de fluidez absoluta. Sus controles de balón acostumbran a ser exquisitos, auténticos e inconscientes, fruto de un aprendizaje tras esmerado entrenamiento personal. Su pasión por el juego lo transforma en un adolescente esforzado, disciplinado y trabajador. En solitario se dedica a perfeccionar sus movimientos,  tardes enteras ensayando voleas, controles orientados de todo tipo lanzando balones al aire, sprints con el balón controlado, fintas sorteando defensores invisibles, visualizaciones mentales de jugadas increíbles tal y como aprendió en aquél manual. Una vida. Toda su energía aplicada al fútbol. Su padre le tira en cara que sea incapaz de invertir su gran disciplina y esfuerzo hacia los estudios. Con razón. Para él la ESO es secundaria. Sólo se esfuerza al máximo en aquello que le apasiona y divierte. A menudo se sorprende a sí mismo cuando cae en la cuenta de las horas que ha pasado golpeando al balón en solitario. Entonces, lejos de avergonzarse, se siente pleno y comprende que el talento debe ser cultivado, trabajado y sudado. Sólo así puede ser y sólo así se goza de cualquier tarea. Los goles no son más que el resultado, la evidencia y el premio. Comprende que su verdadero triunfo no reside en encabezar la tabla goleadora sino en su goce absoluto en el entrenamiento y sus movimientos gráciles y seguridad de líder sobre el terreno de juego. Aún no es consciente que si dispone de esa fortaleza y disciplina estas podrán ser aplicadas en el futuro a otros ámbitos de su vida. Nadie le ha dicho aún que pocos nacen con talento innato y que este debe ser trabajado y disfrutado para llegar al éxito. Ningún adulto le ha enseñado que su potencial no es marcar goles ni controlar el balón sino el hecho de creer en sí mismo, de esforzarse a diario y de disfrutar consiguiendo los pequeños retos que se marca. De explotar sus talentos y apoyarse en ellos. De eso va el éxito en la vida. Y su tutor de la ESO aún no se ha enterado.

sábado, 18 de abril de 2015

Sociedad líquida y fútbol: el partido del siglo I


Cada año llega el partido del siglo. Desde que tengo uso de razón cada temporada nos venden por los medios uno o más partidos del siglo y nos lo creemos sin pensar demasiado. 
Así son las cosas. Esta temporada ya no recordamos el partido del siglo del año pasado. Sólo existe este, el de la semana que viene. Y en él ponemos todas nuestras energías y esperanzas.
Los futboleros atendemos a la llamada del super partido esperanzados por la posible gloria sin atender a los fracasos ni disfrutar de las alegrías pasadas. Esa esperanza en un espectáculo increíble se nos presenta a modo de anestesia frente a  los sometimientos y renuncias sociales que nos estrangulan. El poder se ampara en nuestra libertad para elegir de entre todas las posibilidades para centrar nuestra atención precisamente aquellas con mayor dosis de diversión, emoción y pasión permitiéndonos olvidar todo aquello que nos atenaza o la simple observación de la injusticia de la que todos formamos parte.
A modo de "pan y circo" el partido del siglo somete sutilmente nuestras ansias de libertad -para los que las tengan- así como anestesia a todos aquellos que no tienen conciencia de estar alienados. Mi caso particular es el del alienado parcial amparado en la incoherencia. Sólo me salvan las tesis de Bauman. Bendita sociedad líquida.

jueves, 9 de abril de 2015

Aftermatch en la barra



No todas las noches Toni llega a casa tan borracho con la excusa algo sobada del partido de copa. Esta noche nuestro amigo intenta abrir la puerta de la calle recordando las risas entusiastas con sus amigos a propósito de la conversación machista sobre sus mujeres. Lo que a priori parece algo sexista se reconvierte con el calor de las copas en un diálogo ameno, comprensible y lo que es peor, consensuado entre todos sus amigos. "No puede ser que a todos nos ocurran las mismas cosas", piensa mientras lucha ferozmente por encontrar la llave.
Esta noche el barça ha derrotado al atlético por un triste uno a cero. Toni lo ha pasado bien. Tuvo frío, allí en tercera gradería, pero se llevó la manta para taparse las piernas.
Cuando salía del estadio Fede le chinchó para irse al bar de costumbre a hacer la última copa y él, ingenuo, picó. Fede tiene una relación abierta con Carla, tan abierta que está llena de posibilidades. Miguel está soltero, asiduo a las putas, sin hora límite de vuelta a casa. Ricardo tiene novia pero está lejos hoy.
Los cuatro toman copas entre risas y recuerdos de adolescencia. La cuarentena les está minando la vida pero ellos siguen empedernidos en su juventud bien llevada.
Toni se siente culpable por emborracharse lejos  de su amada, aquella que nueve meses atrás le dejó tras más de diez años junto, pero se toma gin-tonic tras gin-tonic encogiendo a cada trago su remordimiento.
La terapia machista del futbol surge efecto y hace que los cuatro muchachos vuelvan a casa enardecidos, eufóricos.
Por su parte, Toni, siente hoy con más firmeza que ama a Eva. Lo siente con mayor ímpetu contra más violentas son las reprimendas de sus amigos; "¿cómo que la has de re enamorar?..."; "¿ella sabrá lo que se pierde, no?"; "¿y ahora has de hacer los mil detallitos de novio primerizo?"; "Aprovecha que toda tu vida has ligado para ponerte ahora las botas!"; "¿Cómo que se siente insegura?... O amas a alguien o no!"; "la culpa es tuya por ser un calzonazos"; "para que una relación funcione bien tú debes marcar las líneas rojas desde el inicio"….  En ese contexto de machos entre copas todo parece claro. Un hombre debe manejar sus sentimientos con firmeza, sabiéndose dueño y señor de sí mismo, con un sutil toque de dominación disimulada por una seguridad bien aparentada. Uno no puede venirse abajo ni dejarse llevar por emociones que un machote como él debería controlar. Brindan y ríen. Despotrican de sus mujeres y se burlan de lo que no entienden. Parecen felices.
Pero a decir verdad, en la soledad de su dormitorio Toni no puede controlar sus sentimientos y rompe a llorar violentamente, con tal ímpetu y voluntad que parecería que todas las lágrimas nunca antes derramadas se concentran hoy en su almohada, empapada y con un dulce aroma a ginebra. Siente que toda la fortaleza y nueva determinación encontrada en el bar se esfuma con sigilo dando paso a la angustia profunda por no tener a Eva su lado, por no sentir su cuerpo ni su risa. Poco a poco una somnolencia alcoholizada se va apoderando de él ajeno a la realidad que esa fortaleza masculina del bar también se desvanece invariablemente en el resto de sus amigos, en la totalidad de hombres que él cree conocer.