domingo, 22 de febrero de 2015

Pensamientos del guardameta I


No fue  otro motivo sino únicamente la obstinada testarudez del técnico argentino, destinado a diferenciarse definitivamente de su escuela de origen, la que llevó al modesto equipo desde la siempre presente opción de descenso a segunda a la permanente opción de lucha por el título liguero nacional. Más allá de los títulos, el equipo se había convertido en una escuadra de referencia mundial por su solvencia en el juego de ataque y su cariño por el control del balón y el juego. Todo ello había repercutido claramente en el modo de juego del guardameta, Miguel ,oriundo de un pequeño pueblo murciano, provocando en él largos espacios de tiempo sin intervenir en el juego, a la espera de algún balón cedido o alguna fugaz acción del contrincante, casi siempre pertrechado en su área defendiendo con uñas y dientes el acoso incesante de su rival.
Miguel disfrutaba de larguísimos espacios de paz, sin intervenir en el juego ya que sus compañeros se encargaban con éxito de mantener al contrincante agazapado en su área.
Aquella tarde, el guardameta andaba algo confuso por la última discusión con su esposa, fémina aguerrida y controladora, y se sentía apesadumbrado por las duras palabras de desdén que ella le había lanzado. Su nula misión en el juego le dejaba tiempo para aflorar sus pensamientos y desenchufarse momentáneamente del partido. Impertérrito al borde del área recordó el penoso origen de la discusión y llegó a la conclusión que el el hecho de descuidarse el pote de champú y gel abiertos en la bañera tampoco era algo tan grave ni ofensivo para provocar la aversiva conducta de su esposa. Así las cosas y ensimismado en tales pensamientos tuvo el acierto de dar un buen pase hacia el carrilero que de nuevo enzarzaba la batalla en terreno rival.
Miguel se sentía afligido por la dura discusión y se echaba la culpa por no haber tapado los dichosos  enseres del baño pero un atisbo de rabia contenida recorría sus venas: ¿cómo podía ser que en su baño se agolparan de manera inexplicable docenas de champús para la caspa, para la grasa, para fortalecer, para las mechas, teñidos, rizos perfectos , ondulados, reflejos, alisado japonés, liso normal y tantos otros acompañados de filtros solares, mascarillas diversas, tónicos de todo tipo y acondicionadores de diversas marcas y todos ellos -eso sí, perfectamente tapados- pero todos a medias o casi llenos?, ¿cómo se explicaba eso?, ¿no era aquella suerte de muestra extrema de peluquería de lujo atiborrada mucho peor que su simple bote de gel destapado encima de la bañera? ,  ¿no representaba para su orden cotidiano mucha mayor afrenta toda aquélla algarabía sin sentido que un triste champú sin cerrar? , ¿a qué extraña adicción se debería aquél desvarío que tanto le acongojaba cada mañana en el baño educado él en una cultura de "cuando se termina algo se compra lo siguiente"?  Atrapado en esa idea no atisbó a reaccionar ante un descomunal punterazo desde fuera del área del nueve rival, que a la postre era calvo y celebró el golazo con su equipo dejándose besar la cabeza repetidamente por el resto de sus compañeros.

martes, 17 de febrero de 2015

Un 5 de diciembre de 1976


En diciembre se cumplieron 38 años de un momento histórico para el fútbol vasco. Fue una soleada tarde de ese mes de 1976 en el viejo y querido Atocha, símbolo del fútbol guipuzcoano, dónde saltaban al césped juntos los dos equipos más laureados de Euskadi: la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao. Pero aquella salida de ambos conjuntos iba a ser especial y conmovedora para toda la parroquia. Los dos capitanes, Inaxio Kortabarria y el mítico José Ángel Iribar, aparecían juntos enarbolando la bandera de su país, en aquél momento prohibida en España. Pasearon desde la salida de vestuarios hasta el centro del campo con una Ikurriña casera bordada por la hermana de Josean de la Hoz, suplente del club realista que había propuesto y liderado semejante afrenta ante el aún fascistoide gobierno de España.
Todos los jugadores secundaron en comitiva a sus capitanes demostrando al mundo su orgullo por ser vascos y recriminando la falta de libertades en la que vivíamos todos sumidos por aquél entonces.
Josean de la Hoz tuvo la idea inicial y así fue propuesta al resto de jugadores de la Real y al club; más tarde lo propondrían al Athlétic y sus jugadores aceptando todos inmediatamente.
La Ikurriña llegó al estadio escondida en el automóvil del propio Josean. Quiso la mala suerte o la intuición de un policía de la época que el vehículo del propio jugador fuera parado en las inmediaciones de Atocha y registrado a conciencia queriendo la fortuna que la bandera escondida bajo los asientos no fuera vista por los agentes.
Se comenta que algunos de los policías nacionales dentro del estadio al ver que los dos equipos saltaban al terreno de juego con su insignia nacional estuvieron a punto de crear un serio altercado arrebatándoles a los capitanes la tela por la fuerza y pretendiendo detenerlos allí mismo. Alguno de los uniformados, no nos consta si por inteligencia o por miedo, hizo desistir a sus descerebrados compañeros y se limitó a lanzar unos cuantos gritos al estilo de "esto no quedará así!" hacia los jugadores.
El público donostiarra que asistió a ese partido difícilmente va a olvidar lo sucedido. Los jugadores creo que tampoco. Y es que algunas veces el deporte regala gratas sorpresas en forma de reivindicación o pequeñas rebeldías ante la injusticia. Quizás estas anécdotas nos queden muy lejanas hoy, especialmente en el multimillonario mundo del fútbol de élite pero vale la pena rescatarlas del baúl de los recuerdos para que los deportistas jóvenes de hoy no se limiten exclusivamente a estar pendientes de su corte de pelo o  de su nueva chaqueta de diseño exclusivo con filigranas a juego con los botones de la bragueta.
Aquél 5 de diciembre la victoria realista por 5-0 fue lo anecdótico. Ganaron todos. Ganó Euskadi. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Encuentros en el patio de la escuela


Tras aquél verano del ochenta y dos vino como de costumbre la anhelada vuelta al cole. Sí. Era anhelada por el reencuentro con los amigos, por el retorno a los juegos en el recreo, por las risas y aventuras con los de siempre. 
Anhelada sólo durante breve tiempo ya que la dura realidad se abría paso con rapidez y hacia finales de septiembre ya comenzaba a contar los días restantes para las vacaciones de navidad. 
Quinto curso. Aula nueva en el pasillo de los mayores. Nuevos retos por delante y una nueva afición en la mochila con la que poder divertirme y compartir con mis compañeros: el fútbol. 
Salir al patio desde los primeros días y formar parte del juego con todos los demás corriendo atolondradamente detrás de la pelota era un placer indescriptible que esperaba con ansia desde la entrada a primera hora de la mañana. 
Los cursos anteriores no había participado del juego pero desde el verano del mundial que ya había descubierto con ilusión lo divertido que era aquello. Desde el primer día que me entregué con ímpetu a los tremendos campeonatos de la hora del patio. Se trataba de partidos a vida o muerte en que poner la pierna y arrastrarse por el suelo no era problema, en que zancadillear o recibir empujones sólo se sancionaba en la medida en que la víctima soportaba el dolor o explotaba en llanto. 
Se trataba del típico juego alocado que todos recordamos con felicidad, aunque si nos remontamos a la época seguro que más de uno recuerda peleas y enfados monumentales por aspectos como equivocaciones en el tanteo, porteros que se distraían comiendo el bocata o porteros también que disimuladamente se dejaban meter un gol en el caso que el acuerdo fuera ocupar la portería por orden a un gol cada uno. En fin, nada nuevo. Aunque sí que es cierto que ocupar la portería cuando te morías de ganas de jugar era una de las grandes injusticias infantiles del momento. Fue por ese motivo que algún niño listo inventó aquello de los “porteros delanteros”. El tiempo de patio pasaba muy rápido cuando yo ocupaba la portería y anhelaba que me marcaran un gol para hacer cambio de guarda-meta y poder jugar. A medida que se acercaba el final de la hora de patio me observaba a mí mismo, esperando la jugada que me liberara. A menudo esta no llegaba y volvía frustrado a la clase de matemáticas. 

Otra de las grandes frustraciones aparecía en el momento previo al partido. Se trataba de un ritual cotidiano en que los dos capitanes, que a menudo eran nombrados mediante métodos poco democráticos, tenían que elegir a sus jugadores. Obviamente yo no era ningún portento de técnica ya que mi afición al fútbol era más que reciente y no había practicado demasiado. Aun así, me defendía como podía y me salvaba mi corpulencia, que en esos duelos de patio era un argumento importante. En dicho ritual mi autoestima me hacía creer que me iban a elegir de los primeros pero el lector ya debe intuir que eso no era así. Sin ser el último de la lista (el recurso del "bulto deambulante") nunca llegué a ser el primero, aunque debo decir en mi defensa que a medida que fue pasando el tiempo de aquél quinto curso y en adelante, mi "caché" fue subiendo enteros hasta llegar a los segundones que seguían a las estrellas de los equipos. 
Me da que las tretas y rituales del fútbol en el patio del colegio de inicio de los ochenta siguen vigentes a día de hoy. 


sábado, 31 de enero de 2015

Primer clásico



No recuerdo de dónde sacamos las entradas pero lo cierto es que conseguimos entrar al Nou Camp para ver nada menos que un Barça Madrid! Recuerdo el ambiente, sensacional así como los apretones en la tercera graderia, por aquella época aún sin asientos, con todo el mundo en pie y cierta sensación de peligro de avalancha del que sólo ahora soy consciente.
Yo no tendría más de quince años y aquél día resultaba algo especial. Habíamos quedado diez o doce adolescentes en la plaza habitual del barrio y nos habíamos provisto de elementos fundamentales para ir a ver un clásico: banderas -evidentemente con palo de escoba- , latas de cerveza, bocatas, paquetes de tabaco, un par de bengalas sencillas y el más osado - mi amigo Jordi- nos había provisto de diversas botellitas pequeñas (de las de hotel) de licores variados.
Llegamos al estadio con tiempo suficiente pero no bastó para poder ponernos todos juntos en la apretujada tercera graderia así que nos buscamos la vida cada uno como pudo. Yo me quedé con Jordi, el más decidido (y también a esas alturas el más entonado) y con Jaume cerca de una boca en segunda fila del abismo.
Camino al estadio tuvimos tiempo de ir dando cuenta de las cervezas, licores y tabaco que llevabamos encima. Debía terminarse todo aquella tarde! A ver quien era el valiente que se llevaba algo de sobra para casa….
Por mi juventud aún no bebía y sólo recuerdo dar algún trago de cerveza y de los licores de Jordi así como intentar hacerme el hombretón fumando un ducados.
La verdad es que estaba emocionado yendo al clásico. Era mi primer Barça - Madrid.
Para ser sincero no recuerdo absolutamente nada del juego ni del resultado. Sólo recuerdo vagamente la sonora pitada que se le dedicaba a Hugo Sánchez cada vez que tocaba un balón . Supongo que me quedé algo aturdido con alguno de los sorbos que di al botellín de coñac de Jordi en medio del partido, almenos si que recuerdo cierto "calorcito interno". Pero lo que recuerdo aún con mayor claridad es el momento en que Jordi dio el último sorbo a la botellita para dejarla vacía. Lo tengo tan vívido porque me quedé estupefacto al contemplar como mi amigo agarraba la botellita vacía y la lanzaba con fuerza hacia la segunda gradería mientras gritaba y reía. Me miró con cara de satisfacción buscando mi complicidad pero sólo encontró mi reproche y una mirada de desdén y preocupación. A dia de hoy, veinticinco años después no me dejo de preguntar a quién le debió abrir la cabeza aquella noche mi amigo. Si algún lector de este texto tuviera noticia de la víctima le puede contar lo sucedido años después y pedirle disculpas en nombre de Jordi.

jueves, 8 de enero de 2015

Deseo navideño de Julio


Entre adormecido y tenso el papá de Julio intenta echar una complicada cabezadita en ese sillón hospitalario aparentemente amable pero decididamente jodido aprovechando que el niño parece haberse dormido tras una noche entera de dolores, cambios de suero, controles de la enfermera y continuos mensajes de móvil de la mamá, que extenuada tras una semana de noches interminables fue hoy, vigilia de navidad, obligada por su esposo a marcharse a casa de los abuelos a descansar y reconfortarse con la familia.
Consigue dormir un corto espacio de tiempo, el suficiente para llenarse de extraños sueños que emanan felicidad, montañas infinitas y colores pastel acompañados de suaves sonidos que se truncan a cada poco con leves dolores en el cuello, encorvado y maltrecho en la silla. Mientras, Julio duerme tranquilo y sueña con despertarse esta mañana temprano y poder conocer a alguno de sus jugadores de fútbol favoritos que hoy mismo pasarán por el hospital infantil a visitar a los niños ingresados. Sus pensamientos oníricos lo llevan a verse corriendo en el estadio al lado del gran "10" brasileño, pasando el balón al delantero centro y recreándose en una hermosa pared al borde del área que termina en un maravilloso gol por la escuadra.
El movimiento en el hospital nunca cesa pero se hace más evidente a partir de las ocho cuando los desangelados carritos con los desayunos empiezan a escucharse a lo largo del pasillo. Ese instante recuerda al papá dónde se encuentra y al niño que tiene hambre y ambos despiertan simultáneamente a la vez que se buscan rápidamente con la mirada. Julio sonríe a su papá y le pregunta si durmió. Él asiente y simula un despertar lento tras un largo letargo.
El desayuno hoy es distinto. Es Navidad y el hospital se esmera en dar a los niños que pueden unos cereales especiales con unas galletas muy ricas. Además Julio descubre un pequeño regalo de Papa Noel debajo de la tapa: una tortuga Ninja!
Hoy es Navidad y su mamá llegará pronto con los regalos que aparecieron en casa de los abuelos para él!. Van a pasar el día los tres juntos y  Julio quiere que sea una jornada especial no sólo para él sino también para sus padres, sabedor que están sufriendo muchísimo.
Sin embargo, antes que llegue mamá van a pasar por el hospital los jugadores de fútbol que tantas veces vio por televisión. Desea con todas sus fuerzas que el gran "10" brasileño pase por su habitación. Desde sus primeros recuerdos siempre quiso ser como él: rápido, fuerte, listo, admirado y dueño y señor de todos los elogios mundiales. Desea tocarlo, darle la mano y  …. Qué demonios!, abrazarlo y besarlo!
Julio está nervioso. Va pasando el tiempo y los futbolistas no aparecen. Empieza a pensar en la posibilidad que todo haya sido un bulo o una simple declaración de buenas intenciones aunque se resiste a esta idea y se aferra a la ilusión.
Su papá lo anima y le comenta que, efectivamente, van a venir aunque no está seguro que su amado "10" aparezca por su habitación.
El niño  -como muchos- tiene endiosado a ese muchacho próximo a la treintena que tan bien toca el cuero. Piensa en él como en un ser supremo, poderoso y superior al resto. Querrá abrazarlo y besarlo cuando se le acerque; le pedirá un autógrafo, llorará de emoción, le pedirá poder verle en el estadio … pero todo cambia cuando el jugador de Paraná entra en la habitación. Julio comprende de repente que se trata de un simple hombre, un poco más joven que su padre, simpático y bien vestido. Pero un simple hombre.
Lejos de llorar o emocionarse, Julio se alegra discretamente y corresponde a los besos del jovial brasileño con entusiasmo aunque una leve desilusión se apodera de él progresivamente.
A la pregunta del astro mundial sobre qué le pidió esta navidad a Papa Noel, Julio no puede resistirse y le espeta: " que me invites a un partido y me dediques un gol las próximas navidades". Sorprendido, el "10" no sabe qué decir y le pregunta ingenuamente el motivo por el que tiene que cumplirse ese deseo en un año y no ahora mismo, en el próximo partido de copa…  Julio se queda callado unos segundos mientras el jugador le enrolla al cuello una bufanda del club y le besa cariñosamente en la mejilla mientras sonríe y mira a la cámara. Con calma, Julio le agarra suavemente por el cuello y hablándole discretamente al oído le comenta: "porque si puedo ir a tu partido las próximas navidades significará que estoy vivo". 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Mente masculina

Luis pasó el dia de trabajo tranquilo, sin estresarse demasiado por las continuas presiones del Sr Miquel, su jefe. Los últimos meses de trabajo habían sido una suerte de pequeños desastres comerciales derivados de la crisis que habían llevado poco a poco a la pequeña empresa familiar al borde de la quiebra. La tensión se palpaba en el ambiente y las bromas, risas y buen rollo de antaño habían dado paso poco a poco a una situación cotidiana de angustia, desesperanza y tensión. Sin duda, el despido de Mireia fue el detonante por el que los demás empleados atisbaron la magnitud de los problemas reales de la empresa.
Luis era uno de los empleados más antiguos y de mayor confianza. Aunque no contaba con ser despedido, sí que veía clara la posibilidad del cierre de la empresa y del temido paro para los cuarentones mandos intermedios.
Sin embargo aquél martes era especial. Todos los días están repletos de pequeñas motivaciones, de metas cotidianas en las que visualizarse y obtener diminutos disfrutes. La motivación de aquél martes era sin duda el partido de Champions. No. No es idiotez. Cada vez que Luis aquella mañana se encontraba en medio de un desaguisado o de una alerta de impago, cerraba los ojos y se decía a sí mismo: “no passa res nen, avui al vespre gaudiràs al veure el partidet del Barça, no et capfiquis ara amb això…demà ho solucionem” .

A las seis y media Luis cerró el despacho y bajó las escaleras a toda prisa dispuesto a disfrutar del resto del día.
Con un “wazzap” Mayte le había recordado que debía pasar por el súper a comprar comida para el chucho;  “de aquella del bote rojo, no vuelvas a equivocarte como de costumbre”. Obediente, Luis entró en el establecimiento y se llevó la comida para el perro, la del bote rojo, aunque aprovechó también para coger un par de latas de cerveza de aquella marca checa de las ocasiones especiales junto a sus amados cacahuetes fritos, auténtico alimento imprescindible en cualquier evento futbolístico de nuestro amigo.
Por el camino iba escuchando la retransmisión de Rac1 con la previa del partido: los miedos de los periodistas al enfrentarse al Celtic sin Messi, el recordatorio de la dolorosa derrota del año pasado en el mismo Celtic Park, los problemas tácticos frente  a un equipo ultradefensivo o las tópicas dudas por la titularidad sorpresiva de Bartra.

La media hora anterior al partido la empleó en usos cotidianos que le perdonaran a ojos de Mayte las dos horitas de las que iba a disponer de la televisión en exclusiva. La cena del niño, el barrido y fregado de la cocina así como el repaso a la agenda del pequeño lo eximieron de futuras responsabilidades del cotidiano del hogar para las siguientes horas.

Eran ya las 20:45 cuando Luis encendió el Canal Plus a la vez que vigilaba de reojo que el niño atacara de una vez por todas a las dichosas croquetas.
La motivación del día estaba cerca. Tenía ya su cervecita checa en la mano, su bol de cacahuetes en la mesita y estaban dando la alineación del Barça mientras se escuchaba en el estadio un estremecedor “You'll never walk alone” coreado por miles de gargantas escocesas. Fue en ese emocionante instante en que cayó en la cuenta que su esposa acababa de sentarse en el sofá con cara de pocos amigos. Tras echar un fugaz vistazo al rostro de Mayte pudo comprobar como la actitud evasiva de las últimas semanas había cogido forma definitiva. Se avecinaba una discusión de las históricas, de las que se presentan una vez cada tres o cuatro meses. Lo presintió en los ojos de Mayte, entre tristes, apagados e irritados y coléricos. Conocía esa ambivalencia en su mirada y tras escuchar las alineaciones se atrevió a preguntarle a ella si estaba bien. Fue una pregunta de cortesía y de aplazamiento puesto que no tenía la menor intención de prestar atención a su mujer en aquél momento. Sin embargo al notar la mirada fija de Mayte clavada en sus ojos y ese brillo especial de su pupila antes del llanto entendió que no podía postergar la atención hacia ella. Intuyendo que la cuestión podría solventarse brevemente, disminuyó el volumen del televisor con el mando a distancia que tenía en propiedad con la intención de lanzar miradas furtivas hacia el televisor para ver si habían novedades en el marcador.
Sin embargo aquella no fue una conversación cualquiera. Lo supo en cuanto Mayte comenzó a explicar entrecortada cómo se sentía y que ya no aguantaba más la situación. Lógicamente Luis no entendía nada. Escuchaba atentamente a la vez que una voz interior le avisaba de pequeños detalles: “¿la situación?... ¿pero qué situación?; ¿Será que se mosqueó por no haberla acompañado a la reunión del colegio?; parece que está verdaderamente agobiada pero no tengo idea de lo que le pasa; ¿será que Samaras hoy va a hacer un partidazo como el de la semana pasada? esas lágrimas no me gustan, la cosa parece seria…”
Tras unos titubeos en la explicación por parte de Mayte le soltó la frase con la que Luis iba a decorarse el resto de sus días: “es que no sé cómo decírtelo. Es difícil de explicar ….pero últimamente siento por ti rabia y asco”.
Rabia y asco. Rabia y asco. Luis comprendió rápidamente su falta de actividad sexual los últimos meses así como los repetidos dolores de cabeza de Mayte.
Esa frase fue el mensaje principal, aunque engalanado con otras explicaciones del tipo hemisferio derecho, auténticamente caóticas y faltas de sentido para Luis. Explicaciones centradas en momentos cotidianos pasados, en anteriores discusiones o en reproches dolorosos del tipo “no me apoyas en mis decisiones, me haces sentir paranoica con tu actitud, no tomas la iniciativa en lo importante, no respetas mis intereses, aún espero que te posiciones en la relación con tu familia, no te esfuerzas en sorprenderme…”
Sin embargo, rabia y asco, era el mensaje que Luis mejor había procesado. Aún de manera sorpresiva e inesperada, nuestro hincha del Barça, hizo esfuerzos por entender el momento, el contexto y las palabras. Pero ella continuó antes que él pudiera reaccionar: “esto terminó Luis. Ya no me das la seguridad que necesito, ya no me aportas lo que antes”.

Absorto en estas palabras, quedó callado y con la mirada perdida frente al televisor. Tuvo tiempo de ver una dura entrada de Brown a Neymar antes de poder dar crédito a lo que ella le estaba sugiriendo. Entendiendo la gravedad del asunto decidió apagar la televisión y olvidarse de la Champions.

Como de costumbre, la discusión no aportó nada de nuevo. A la información ininteligible y abstracta de ella hubo que añadir la variante postural-emocional por la que su mujer transmitía un dolor y sufrimiento intensos.
Luis quedó paralizado. No podía entender ni admitir lo que estaba ocurriendo.
Para sus adentros pensaba en que era un buen marido, fiel, respetuoso, solícito, buen padre, agradable y cariñoso. Aunque el pensamiento que lo contextualizaba todo no era otro que el  de un cariño desbordante por Mayte; un amor incondicional y sincero desde hacía diez años. 
Fue aquél un día aciago y ciertamente sorprendente. Lo curioso del caso era que Luis, tras un mazazo brutal como ese, aún disponía de cierta entereza mental como para preguntarse si los gritos de los vecinos correspondían a una ocasión fallida o a un gol.

Tras finalizar la contienda familiar con la retirada de Mayte a su habitación, Luis simuló su malestar y su alma destrozada con su mejor mirada perdida de cordero degollado. A su vez y con el mando del canal plus bien controlado deseó con todas sus fuerzas que su esposa cerrara de una vez la puerta de la habitación para poder ver –ahora sí- el final del encuentro en Celtic Park. Por lo menos el Barça ganó.

sábado, 25 de octubre de 2014

2-6 a tu lado


Los forofos futboleros acostumbramos a recordar fechas, lugares y personas asociándolos a eventos deportivos concretos. O tal vez sea lo contrario. Lo ignoro. El hecho es que en mi caso es así. No en vano recuerdo como si fuera ahora el desastre de Sevilla contra el Steaua pegado a mi transistor conteniendo el llanto, la pizza en casa de mis padres el día del zapatazo de Koeman en Wembley, los goles de Rossi en Sarrià con mi bicicleta "panther roja" en la puerta o el sospechoso doce a uno de España a Malta en casa de los vecinos con una mirinda en mis manos.
Precisamente hoy he recordado un día concreto de gloria blaugrana. Todos los futboleros catalanes vamos a recordar la goleada de 2009 en el Bernabéu. Cada uno sabrá dónde vio el partido, con qué personas compartió esa alegría y cómo lo celebró después. Normal.
Lo curioso de estos recuerdos es que se envuelven en una suerte de magia que consigue trasladarnos a un lugar concreto de nuestro tiempo en que el contexto en que vivíamos se nos aparece de nuevo con todo su esplendor o crudeza. Se antoja como una marca especial similar a los puntos de restauración de los ordenadores modernos en los que con sólo apretar una tecla todo el sistema se restaura exactamente como estaba en aquél momento. A menudo desearíamos que esos viajes y arreglos en el tiempo formaran parte de la vida real y no sólo de la electrónica. En mi caso nunca lo había deseado hasta estos últimos meses. Algún día tenía que llegar.
Todo el mundo sabe que la memoria tiene grandes fallos y la neurociencia nos demuestra a diario que seleccionamos los recuerdos y les damos nuevos sentidos y matices con el pasar del tiempo y las experiencias, sumando y restando emociones, agregando y obviando detalles, permitiéndonos adornos a menudo necesarios para poder seguir viviendo tranquilos. Ignoro si mi percepción de ese nueve de mayo de hace cinco años se ha desvirtuado en exceso o permanece límpida y fiel a la realidad, al menos a la mía. Lo entrañable del caso es que un partido de futbol concreto, en un momento especial consigue trasladarme mágicamente a una vida anterior, en un contexto distinto y con unas vivencias, temores, alegrías y esperanzas muy diferentes a las de hoy. Y eso me hace feliz. Y eso me hace desdichado. Porque es grande recordar lo que ya te ilusionó a la vez que triste saber que fue un momento del pasado.


Precisamente hoy jugaba el Barça en el Bernabéu y deseé con todas mis fuerzas una nueva goleada; exactamente la misma, un 2-6. Anhelé tanto ese resultado por un motivo fuera de mi pasión barcelonista. Y es que necesitaba que se repitiera ese marcador para que mi mente no acudiera en el futuro tan rápidamente como lo hace ahora a aquella noche de hace un lustro; para que de ahora en adelante tuviera dudas, mezclara fechas y resultados para así librarme de ese recuerdo tan vívido en el Bar Continental de Gràcia. Reminiscencia de mis reniegos soportados por ti durante un rato al no encontrar un lugar digno dónde poder ver el encuentro, de la chaqueta negra -tu favorita- que tan bien te sentaba, de estar de pie en aquél bar tomando unas cervezas abrazándote a cada gol, de tus ojos chispeantes compartiendo conmigo la emoción del último tanto cuando tu afición futbolera era y es más bien discreta, de tu alegría por verme feliz y estremecido, de tus besos y vítores celebrando el pitido final, de darme la mano feliz al volver paseando a casa, de regalarme pasión y amor en un día tan fútil para la historia de la humanidad pero ahora tan trascendental para la mía. Gracias por compartir con todo tu ser ese momento. 

sábado, 18 de octubre de 2014

Adidas Chile Durlast 74


El jefe de mi padre, el sr Vallés era miembro de la directiva del Barça. Fue por esta vía que obtuve mi primera experiencia en un campo de fútbol, gracias a unas invitaciones que el Sr Vallés nos regaló en tribuna. Fue en un Barça - Sporting de Gijón y creo recordar que el resultado final fue de empate a dos. 
Por aquél entonces yo no había mostrado aún interés alguno por el fútbol por lo que mi padre tampoco mostró excesivo entusiasmo en llevarme. De todos modos los dos nos dirigimos al Camp Nou aquél día. 

Mi padre tampoco era gran aficionado al fútbol. Solía decir que era "perico" pero todos sabíamos que se trataba más de un acto de rebeldía que de una verdadera pasión. 

Tras sortear el tráfico de General Mitre con la flamante vespa azul de mi padre, logramos acomodarnos en la tribuna del estadio y una vez allí, cómodamente sentado instantes antes del comienzo del partido me percaté de un par de cosas que me llamaron poderosísimamente la atención: por un lado esa hierba verde, tan verde como un prado espectacular, luminosa y hermosa y por otro, la falta de comentarista! 

Yo no debía tener más de ocho años y mi experiencia futbolística se basaba en los eternos partidos en blanco y negro de la televisión. No había caído en la cuenta de que en un estadio los colores de todo eran tan vivos y que el comentarista de la tele no estaba presente para detallar y explicar las jugadas. A menudo los niños disponen de una experiencia concreta de la realidad marcada por los medios o por experiencias que luego generalizan y que más adelante descubren con algarabía y riéndose de sí mismos. 
Cuando mi padre se encontró con mi pregunta de por qué no radiaban el partido creo que rio un poco aunque no recuerdo bien su respuesta. Lo que sí recuerdo eran sus comentarios sobre mi actitud en el estadio. "Pareces un lord inglés! Ni gritas, ni muestras emociones... Vaya tío más soso!" Y es que con ocho años a mí el tema futbolístico me dejaba bastante indiferente. Era del Barça, claro; pero por inercia, porque todo el mundo conocido era del Barça. Cómo no iba a serlo? 

Unos días más tarde, en un Barça- Zaragoza en que los azulgrana ganaron por dos a cero, el Sr Vallés bajó al vestuario y se hizo con el balón del partido, un flamante Adidas Chile Durlast (official world cup 1974). Resuelto, se dirigió a los jugadores y les pidió que lo firmaran ya que lo quería regalar al hijo del sr Llorenç, mi padre. 
Hoy aún tengo en casa de mis padres el viejo balón, ya deteriorado, pero en el que aún pueden leerse vagamente las firmas de los Simonssen, Ramos, Olmo, Artola ….

Muchas noches después acariciaría el cuero maltrecho de ese tesoro fantaseando con que un día fue pateado por esos jugadores, viejas glorias del Barça. Con el tiempo se convirtió, claro, en icono museístico para mostrar con orgullo a los amigos que venían de visita a mi casa. Algún día ese balón pasará a manos de mi hijo. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Matinal de sábado

Un sábado por la mañana con poco más que hacer que pasear con el perro y perderme poco a poco por las empinadas calles del barrio. Un día agradable, aunque fresco; de aquellos días radiantes en que la ciudad se muestra en su máximo esplendor. 
Paseando sin rumbo y con ánimo de descubrir nuevos espacios urbanos me adentro por calles desconocidas, por parques que me sorprenden, por descampados que me acongojan. Llego hasta la puerta de un campo de fútbol de un club desconocido y me decido a entrar. 
Se trata de una instalación antigua reconvertida y muy digna. El verde exagerado del césped artificial contrasta fuertemente con los muros de hormigón que rodean el campo. El bar y las instalaciones están repletos de niños equipados de futbolistas y de sus familiares y amigos. Observo como algunos de ellos desayunan animosamente mientras comentan con alegría y exageración las incidencias del partido pasado.
En el campo se está disputando un encuentro entre chavales de unos doce años. Pienso en mi época de futbolista infantil y recuerdo con cansancio las grandes dimensiones del campo. Compruebo aliviado que actualmente los chicos juegan en un campo transversal, más a su medida. Menos mal.
Observo embelesado el ímpetu de los niños. Una de las equipaciones me recuerda mucho al Europa, segundo club de mi corazón. Este hecho me lleva a sentir estima por ese equipo de chavales y me detengo a observar con mayor detenimiento el juego. Sin embargo pronto me doy cuenta que es el equipo de verde el que mejor toca el balón. Se diría que juegan extraordinariamente bien. Los niños están bien organizados en el campo y tocan la pelota con criterio, buscando a sus compañeros y posicionándose rápido para buscar desmarques, superioridades o paredes. El cerebro del equipo es un chico negro, corpulento y muy rápido. Por él pasan casi todos los balones y con su corta edad es capaz de decidir frenar el ataque, ir para atrás, tener paciencia y observar a sus compañeros o lanzar pases largos con genial clarividencia. 
Al ver semejante nivel de juego conjunto pienso inmediatamente en una buena labor del entrenador y hacia él dirijo mi atención. Se trata de un hombre de unos cuarenta años; sin duda hombre de club y exfutbolista. Lo sugiere su mirada y su seguridad así como algunos comentarios rápidos que le consigo escuchar. Observo a su vez a los chicos del banquillo. Por sus miradas lastimosas se diría que el entrenador no hace demasiadas rotaciones. Un niño especialmente me llama la atención por su extrema tristeza en la mirada y sus movimientos a medio camino entre el fastidio y la aflicción. Se diría que debe jugar poco y eso lo mata por dentro. Me recuerda a mi mismo esa tarde que me escondí en el vestuario con rabia a llorar mi situación de suplente. 
Esas observaciones y recuerdos vuelven a posicionarme en la idea básica que el deporte en la infancia debe tratar de equilibrar competitividad con bienestar emocional, respeto, educación, superación personal y espíritu colaborativo. 
Ensimismado en estos pensamientos pedagógicos caigo en la cuenta que algo me perturba y rompe mi paz matinal de este sábado: se trata de los comentarios y gritos de algunos de los padres que asisten al encuentro. Como si estuvieran poseídos por una necesidad catárquica gritan improperios y barbaridades a propósito de una falta de un chico del otro equipo. Escucho insultos a la madre del árbitro, insultos al otro niño, animan a sus hijos a ser agresivos y violentos, vociferan y pierden definitivamente su credibilidad como padres responsables de la educación de un niño de doce años. 
Me duele vivir esta situación por que no es justo que chavales de estas edades puedan asociar deporte a violencia. 
Sólo uno de los "padres" rivales responde a las provocaciones y contesta a gritos y de malas maneras. El asunto va subiendo de tono entre las dos "hinchadas familiares". 
De repente me doy cuenta que casi todo el mundo está centrado en la trifulca y no en el juego de los muchachos que, por otro lado, no es nada agresivo ni violento y no se ha contagiado de la tensión que se vive fuera. 
La discusión sube de tono y ya se entra en el terreno de las amenazas. No sirven de mucho las intervenciones de ambos entrenadores para apaciguar los ánimos. Finalmente tres o cuatro personas llegan a las manos brevemente ya que son sujetados y controlados rápidamente por otros padres y entrenadores entre gritos y empujones. 
Me entristece enormemente la situación y me vengo a bajo definitivamente al observar al chico rubio del banquillo llorando desconsoladamente al ver como su padre está fuera de sí intentando agredir a otra persona. Mientras, el chico negro, un tanto asustado mira para la grada perdiendo la concentración y el balón. A resultas de esa pérdida la jugada termina en un gol tras flagrante fallo defensivo en cadena. El entrenador, furioso, manda calentar a unos de los chicos del banquillo que, precipitadamente se incorpora al ahora ya caótico juego substituyendo al joven castigado de origen africano que entre sollozos aguanta un broncazo espectacular. 

Aprovecho el momento en que el chico se retira llorando para el vestuario para ponerme a su lado y comentarle que el entrenador ha sido injusto con él y que ha hecho un partido increíble. Me mira con lágrimas en los ojos y me agradece tímidamente el comentario en el mismo momento en que es insultado por el color de su piel por otro aguerrido padre de la hinchada rival. 

jueves, 21 de agosto de 2014

PARTIDITO PLAYERO

                                                     


Amanece muy nublado. Un cielo gris oscuro amenaza con arruinar definitivamente el día de playa de los veraneantes ávidos de sol y aguas cristalinas. Los padres de los niños pequeños empiezan a dilucidar ideas creativas para pasar la mañana lo más divertida posible. 
Descartado el baño playero sólo algo peor puede acontecer: una intensa lluvia que no les permita salir del minúsculo apartamento condenándolos a estar enjaulados en un clima de gritos, movimientos infantiles descontrolados y quejas fundadas de los abuelos. Ante esta perspectiva crítica algunos padres se afanan a motivar a sus pequeños a jugar a ese dominó infantil olvidado, a hacer dibujos con pinturas de dedos pringando el sofá de la abuela, a montar las vías del trenecito escampado por toda la sala sin dejar espacio para los movimientos con muleta del abuelo o a explicar cuentos que los niños se saben de memoria. Algunas familias mas arriesgadas improvisan un taller de cocina ante la desesperación de las abuelas y otras más modernas se atreven a dejar sus tablets, iphones y demás a sus pequeños para que puedan experimentar desde las pantallas.

Yo decido salir de casa con mi hijo de tres años. Nos enfundamos las camisetas respectivas del Barça. La de Messi para él y la de Xavi para mí. Cogemos el balón y nos dirigimos decididos a la zona de porterías de fútbol en la playa grande. A esta hora de la mañana aún no se ha montando ningún partidillo improvisado y podemos usar una portería entera. 

El niño, alegre, se dedica a chutar una y otra vez hacia la red marcando goles sin parar. 
Parece que le produce un placer especial observar como el balón se estrella en la red moviéndola entera. Celebra algunos goles con las manos en alto y gritando. Yo se la voy pasando y voy recogiendo la pelota de la portería. Me lo paso bien. El disfruta. Ríe. Se enfada cuando no toca bien la bola. Se emociona cuando consigue que la pelota se levante y entre en la portería por el aire y no rodando. 

Pasamos un buen rato hasta que un grupo de niños aparece con intenciones de jugar. 
Rápidamente se les unen otros tantos y finalmente aparece algún adolescente con ganas de fútbol. 

Mi hijo y yo nos apartamos y nos ponemos a observar tras una de las porterías. Por lo que parece él ya se ha cansado del balón y ahora se dedica a jugar con una niña de unos diez años que se le ha acercado con unos juguetes playeros. 

Me tomo mi tiempo para observar cómo los niños se organizan rápidamente en dos equipos (básicamente los del pueblo en un lado y los turistas en otro), cómo deciden los criterios para relevar al portero y cómo definen sin después hacer mucho caso las posiciones que cada uno debe ocupar en el campo. 

Cómodamente instalado tras la portería del equipo "local" del que también forman parte algunos fichajes "extranjeros" observo con atención el juego, caótico, lleno de chutes sin sentido, patadones sin mala intención, gritos, algarabía y mucho polvo. Me divierte ver las jugadas individuales -algunas muy sobresalientes- y el empeño que le ponen los jóvenes futbolistas. 

Sin embargo, aquello que más me conmueve y me llama la atención, no tiene nada que vercon el juego en sí. El portero local que tengo delante de mí y sus defensas (cuatro niños, dos de ellos de Madrid) están tranquilamente conversando mientras su equipo ataca. Se trata de conversaciones cortas, preguntas, comentarios. 

"Pues si, yo soy catalán; y entonces tú eres español, ¿no? ...así, mejor te hablo en español"; "os acordáis del paradón que le hice al Toni en el penalti del otro día? "; "mis padres me dicen que debo jugar con calcetines para no hacerme daño en los pies"; "este año voy a empezar quinto curso en la Salle"; "ese francés pequeñito es bueno, eh?"; "mi novia vive en Madrid pero aquí tengo otra nueva, para el verano"; "cómo vamos? "; "esos dos van con nosotros? "; "cañardos no! "; "bloquéalo!"; "perdona, quería darle a la pelota"; "estoy de vacaciones con mi madre"; "no, mi padre vive lejos, lo veré por navidades"; "y en invierno también venís a jugar aquí? ... ! Que suerte! "; "quedamos en hacer cambio de portero a cada gol! ... A quién le toca ahora? ...ehhh! "; "y en Madrid qué os parece 
que nosotros vayamos a ser independientes? "....

Se presenta ante mí un compendio sintetizado de pequeñas inquietudes cotidianas, de bienestar y convivencia, de relaciones auténticas y diálogos simples, reales. Algo tan fácil pero tan fantástico. 

Los adultos no acostumbramos a escuchar a los niños, más bien tendemos a hacerlos callar. Pero cuando los observamos de veras y escuchamos con todo no es difícil intuir el auténtico material humano a potenciar e incentivar. Encontramos entonces sus iniciativas, sus pensamientos, sus dudas, miedos y convencimientos. Y los exponen con claridad y respeto, sin miedos ni cinismos. 

Vuelvo a casa con mi hijo convencido, una vez más, que los argumentos infantiles son tan válidos como los de los adultos, esperando a que mañana vuelva a hacer mal tiempo para volver a instalarme tras una de las porterías de la playa.